opinión

América panhispánica

Luis Barrera Linares

A pesar de que el informe 2020 del @InstCervantes anunció hace poco la importancia con que el español se va incrementando en el mundo entero, el espacio de la hispanidad anda convulso. Somos parte de una comunidad de 585 millones de personas que vemos, pensamos y nos expresamos a través de esta maravillosa lengua. Unidos y diversos, seguimos creciendo en 4 continentes, pero el mayor peso de su valía está en América.

Aunque falta mucho para que esté completo, buena parte de nuestro sentir está volcado en el Diccionario de la lengua española. Allí hay, aproximadamente, unos noventa y cinco mil vocablos que nos retratan y nos muestran como colectivo. De ese total, más o menos diecinueve mil registros reflejan una parte del alma americana, sin contar los miles integrados en el léxico de cada país como patrimonio particular. Somos el 7.5 % de hablantes en el mundo.

En contraste con la a veces exagerada anglofilia que existe en esta parte del mundo, poco a poco el español ha venido imponiéndose como lengua en los Estados Unidos, proyectándolo como el segundo país hispanohablante, después de México. Nuestro idioma es la segunda lengua materna del orbe, después del chino mandarín. No es poca cosa y a veces no lo captamos por ser parte de nuestra cotidianidad.

Vale la pena recordar todo lo descrito en los párrafos anteriores, debido a que, el idioma no está viviendo su mejor momento en el país donde nació. Y he escrito “nació”, ya que, si de crecer hablamos, eso ocurrió y sigue ocurriendo mucho más en este continente que en la península ibérica. Hay quienes razonablemente afirman que, de no ser por su expansión en nuestros lares, el español no tendría hoy la fortaleza ni la importancia que tiene.  Sin embargo, ha sido precisamente en aquellos predios donde podría comenzar a implosionar.

 Mediante algunos arreglos políticos circunstanciales, ciertos grupos del parlamento hispano se han empeñado en que el idioma pierda la condición de lengua vehicular en toda España. No es exactamente así, pero parece la fase inicial para que comience a esfumarse su carácter de lengua oficial nacional.  Al parecer, podría perder la condición de idioma vehicular en todas aquellas provincias donde exista una lengua regional establecida, firme y con suficiente influencia social (catalán, gallego, euskera, ¿valenciano?, ¿asturiano?, etc.).

De ahí que se podría vislumbrar el futuro de España como un atractivo mosaico de pequeñas comarcas lingüísticas locales, válidas, loables y muy dignas, como cualquier lengua, pero con el riesgo de un aislamiento del resto del orbe. Si, como se ha divulgado, cada autonomía tuviere la potestad de determinar cuál es su lengua vehicular, es casi seguro que, al menos en casos como Cataluña, Galicia y el País Vasco, esta no sería el español.

Afortunadamente para nosotros, el idioma de Cervantes no ha sido solo la lengua vehicular de su país de nacimiento; lo es desde hace varios siglos, y lo seguirá siendo, en América, donde constituye la principal columna comunicativa de diecinueve nacionalidades, sin que ello signifique necesariamente despreocupación por los idiomas originarios. Eso implica que, por mucho esfuerzo separatista que se haga desde posiciones políticas que poco tienen que ver con lo lingüístico y con el colectivo de hablantes, nuestro continente continuará albergando el idioma que dejó de pertenecer a un solo espacio europeo desde hace mucho tiempo. Esperemos que, entre nosotros,  no se trate de otra iniciativa contagiosa; ya con la pandemia tenemos bastante.

Mientras en otras lenguas como el inglés y el chino mandarín se lucha por unificar a sus hablantes y crecer, expandirse e imponerse, algunos gobernantes, que deberían estar interesados en cuidar, fortalecer y auspiciar la nuestra, parecen buscar lo contrario. “Un idioma es el universo traducido a ese idioma”, afirmaba el poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre. Mientras mayor, más fuerte, y más sólida es la lengua materna, más amplio es el espacio vital que puebla nuestro modo de ver, reproducir y construir la realidad.

Aunque tengamos pleno derecho a elegir la opción que más nos satisfaga social y emocionalmente, el universo se nos reduce en la medida en que deseemos apreciarlo solamente desde el minimalismo localista. Si las lenguas minoritarias peninsulares han sobrevivido hasta ahora y se han fortalecido en sus espacios naturales, no se ve claro que con este tipo de medidas populistas puedan alcanzar un nivel más sólido de instauración. Hay que preservarlas, alimentarlas y auspiciarlas, por supuesto, pero también mantener vivo el hilo que, lo contrario de lo que pudiera creerse, las hace fuertes, estables. Prueba de ello es que se han mantenido activas y vigorosas, con independencia de la lengua nacional.

La situación descrita no guarda ninguna coherencia con el proyecto panhispánico, afortunadamente auspiciado desde la Asociación de Academias de la Lengua Española (@ASALEinforma). Parece contradictorio que, mientras desde la institucionalidad académica se intenta fortalecer y consolidar el privilegio de contar con un vehículo transnacional de comunicación, ocasionales medidas intenten dinamitar el potencial implícito que tiene una lengua común. Como bien lo ha expresado el secretario general de la ASALE (@fcojavierperezh), tenía razón don Andrés Bello cuando preconizaba que el futuro de nuestra lengua estaría en América.

Un comentario

  1. Felicito al Sr. Linares por este excelente artículo que da cuenta de los orígenes del castellano y de su preservación y expansión. Y por enaltecer los pensamientos de escritores que utilizaron tan bellamente nuestro idioma como Ramos Sucre y Andrés Bello.
    Pienso que lo relevante e importante no es que haya dialectos. Por el contrario, estos de alguna manera enaltecen la prehispanidad y el esfuerzo de nuestros ancestros por preservar su cultura, aunque debo reconocer que algunos son separatistas. Lo que me parece preocupante es ver cómo se está desvirtuando el castellano en algunos países como el nuestro. Vocablos como «a la final», «aperturar una cuenta», «se viene el partido», por citar algunos ejemplos, distan mucho de la intención de tratar de preservar y/o enriquecer nuestro idioma.
    Ignoro por qué razón nos empeñamos en imitar los desaguisados del castellano en países como Argentina donde no saben diferenciar lo masculino de lo femenino, por ejemplo, cuando utilizan «la chance» por el chance, «hace años atrás», y un sin fin de barbaridades más. O «estoy al pendiente» de lo más granado del mexicano.
    Y lo más asombroso, para mi, es ver como los llamados comunicadores sociales venezolanos cuando hablan, se empeñan en colocar el acento donde no va. Casi que todas las palabras para ellos son graves. Por ejemplo, la universidad (con acento en la u), enfocados (con acento en la e), gubernamental (con acento también en la u) que provocan retortijones de lengua, valga el chiste.
    Pero bue… recuerdo un amigo que me decía que lo importante es comunicarse y con quien por supuesto jamás estuve de acuerdo. No quiero ni pensar, le decía, en un hombre diciendo (o escribiendo) a su enamorada: «me haces mucha farta mi amol pero se que a la final estaremos juntos, aperturando nuestros corazones»

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