edición especial

Luis Fernández se apodera  de los nuevos medios, en función del teatro.

Inés Muñoz Aguirre.

inesmunozaguirre@gmail.com

En el teatro se habla de la “cuarta pared”, ese espacio en el que los actores saben que está el público que sigue cada gesto, cada movimiento, cada palabras. Los que están sobre el escenario escuchan la voz, la respiración, cada movimiento, la mínima tos, un susurro y desde hace unos años hasta los indiscretos repiques de los celulares.  Se genera una corriente de energía que va y viene entre un espacio  y otro, mientras el actor se convierte en un conductor de esa potencia que hace que ninguna representación sea igual a la otra.

El confinamiento puso fin por un tiempo a esa tradicional “cuarta pared” para presentárnoslas convertida en el ojo de una cámara. De por medio entre los actores y su publico el frío lente recoge lo que tiene por delante. Generalmente la imagen de un actor o una actriz que han tenido que adaptarse a una nueva forma de contar que tiene como todo ventajas y desventajas.  Hay dos elementos que son claves: el primero es la traducción  de la imagen del rostro de alguien tan detallado por la cámara  que puede que llegue a molestar su cercanía. La segunda es la necesidad de abrir un espacio para aquella tradicional forma de expresión que se iniciara en las plazas publicas de la antigua Grecia, como para que esta se apodere de la plaza más grande de todas, la del internet que nos desviste para dejarnos sin fronteras.

A simple vista pareciera que se trata nada más de adaptarse o de cambiar un lugar por otro, pero Luis Fernández quien hace la dirección y producción de distintos trabajos que se presentan bajo la firma  Mimi Lazo Producciones con la puesta en escena de la obra del autor venezolano Ibrahim Guerra a 2.50 la Cuba libre, deja en claro que la mudanza del teatro a una plataforma como Zoom es todo un reto. Conocimiento, creatividad, personalidad, estética y dominio técnico son solo algunos de los requisitos con los que debe cumplirse para que lo que se presenta a través de un medio que en principio pareciera poco amigable, atrape al espectador al punto de que este se descubra “a los pies”, de una nueva formula creativa.

La propuesta de Luis Fernández de esta obra que disfrutamos muchos venezolanos desde el escenario, compartiendo muy de cerca con los interpretes y con un trago en la mano, te asalta a través de la pantalla. Hay un punto en el que entiendes que estás viendo mucho más allá del teatro, es sin duda una obra audiovisual con una personalidad muy bien estructurada sobre colores, objetos, espacios, iluminación, que hablan de un trabajo de producción y de dirección muy bien cuidado, porque estamos hablando de la unificación de espacios completamente distintos, de ciudades  y horarios distintos que confluyen en una única atmósfera que te hace pensar, que sí, que estás en una misma edificación. Que te invita a creer que la separación de estas mujeres se produce solo de una habitación a la otra.  Una atmósfera en la que el colorido, el vestuario, la música y el desvarío de los personajes comienzan a colarse hasta lograr mover las fibras emocionales de cada espectador.

El trabajo de las actrices resulta impecable.  Coraima Torres, Ana Turpín, Beatriz Vázquez, Sindy Lazo, Mirtha Pérez y  Marisela Berti. La tensión que mueve a cada personaje se siente en un in crescendo que además de ser el resultado de cada excelente interpretación, resulta también de un sorpresivo juego de planos, escenas y videos que Fernández es capaz de poner en marcha dejando claro que tiene la suficiente personalidad creativa como para erigirse con un liderazgo indiscutible en este  nuevo mundo para la representación.

En la función que vi de esta obra escrita por Ibrahim Guerra, estrenada por primera vez en 1982,   participó como invitado especial Chucho Avellanet, con lo cual queda en claro que Fernández aprovecha cada posibilidad  de la pieza, para exprimir de ella todo aquello que represente una nueva vestimenta para la expresión y el trabajo creador. No pierde la oportunidad de dejar mensajes, esos que el creador suele colocar entre lineas y se vale del título de la obra para proclamar en más de una oportunidad por una Cuba libre. La cuarta pared en sus manos toma sin duda otra dimensión y el lente de las cámaras se rinde ante la explosión visual de un concepto que nos habla de esta nueva forma de hacer teatro.

Deja un comentario