edición especial

Hago teatro.

Daniel Dannery

Estoy en camino al aprendizaje de hacer lo que me dicta la intuición, en conjunción con lo que me dictan los pensamientos. Cuando pongo en práctica este ejercicio: intuición y pensamientos en un mismo objetivo, lo que hago pareciera tiene más sentido y más valor.

No sé a ciencia cierta si eso es “hacer algo”.

Hace poco le escuchaba decir a la maestra teatral argentina Vivi Tellas, que al entregar su tarjeta de presentación, en ésta se denomina como: “Directora de Teatro”, y eso está bien, ella es directora de teatro… pero estoy seguro, que ella es más que eso, hace algo más que eso, dentro de este oficio que es el teatro.

Luego, recuerdo las palabras de Alejandro Jodorowsky, quien es también hombre de teatro, y que, con 90 años, en la presentación de uno de sus libros decía a su audiencia: “el mundo está empeñado en encasillar a la gente”, que nos encanta etiquetarlas, y que nos encantan las etiquetas. Le ponemos etiquetas a cualquier cosa, y no conforme con ello, nos sentimos orgullosos de esas etiquetas.

No me gustan las etiquetas.

Por lo general ni siquiera uso ropa que deje denotar la marca, es más, ni siquiera me importan las marcas. Mi padre me enseñó que yo no era el espacio publicitario de nadie, y ese es un pensamiento que hoy día puede tender a la confusión, pues ¿qué somos?, si no, el espacio publicitario para otros. Las redes sociales nos han enseñado a diversificarnos en ese sentido, y no tengo realmente un problema con ello, tengo problema con la saturación publicitaria que amenaza con quitarnos la posibilidad de realmente elegir lo que nos guste particularmente a cada uno de nosotros. Ya no elegimos, dejamos que elijan por nosotros, y eso para mi, es macabro.

Tienen por un lado al “Sr. Licenciado Fulanito de Tal”, y por otro lado al “Dr. Perencejo de tal” o al “Magnánimo y muy respetable señor embajador del país de tal y cual”, y no es por desmeritar a los licenciados, a los doctores o los embajadores del mundo, pero estos títulos me hacen cuestionar continuamente mi labor, porque creo que soy un poco más sencillo que todo eso, y me parece estar viviendo en un mundo donde la sencillez no es tomada en cuenta, e incluso es vista como conformismo, falta de ambición, y pobreza.

Que poco sencillo es intentar ser sencillo en el mundo que habitamos. Mientras mas complejas, complicadas y enredadas sean las cosas que hacemos en el mundo, más valor tienen para los demás.

Pienso en algo, pienso que el mundo naturalmente hablando es complejo, el aire que respiramos en las mañanas ventila a través de un sistema complejo, mi cuerpo al respirarlo obra en un mecanismo biológico sumamente complejo, incluso abrir los ojos al despertar forma parte de una dinámica psíquica-física extremadamente compleja, y sin embargo, mis acciones más triviales como lo pueden ser: amasar la harina para el desayuno, lavar mi cuerpo en la ducha y cepillar mis dientes, son acciones que resguardan una sencillez abrumante, pues el sistema que permite que todas esas acciones ocurran, son de una complejidad absoluta, ¿y saben qué es lo extraordinario? no soy para nada consciente de ello.

Así qué, si mi vida y la forma en que me movilizo en ella, parte de una situación compleja, que he naturalizado en acciones cotidianas con una extraordinaria sencillez, nada puede separar esta dinámica del resto de los objetivos que tenga en el día o en mi vida. Incluso si esto es sobre un escenario, o al pensar el escenario.

Por supuesto, hasta la acción más sencilla amerita de la energía suficiente para llevarla a cabo. La gente depresiva, por lo general anula esta energía, y no por falta de sencillez, si no, porque el sistema complejo de su cuerpo está trabajando en su contra, y por eso para la gente que sufre este tipo de condiciones, cometer la acción más sencilla como abrir los ojos, es un trabajo pesado. Pero la conciencia sobre nuestras acciones debe obrar sobre la voluntad para cometerlas, para llevarlas a cabo y materializarlas: decirse a uno mismo por la mañana: ¡Párate!, ya es un indicativo energético que nos permite, a continuación, pararnos. Eso es disciplina y respeto, que luego muta en constancia, para uno mismo. Y así es en el escenario.

Esa constancia que parte de la sencillez de obrar por encima de la complejidad, de alguna forma es lo que me ha permitido llevar a cabo todas las cosas que hago, si le ponemos etiquetas a cada una de ellas podríamos hablar de fracasos, éxitos, alegrías y tristezas, e incluso podríamos hablar también de sensaciones y emociones más profundas y complejas. Y cada una de ellas, son posibles de ser materializadas sobre un escenario, o como una percepción externa al escenario.

Con eso trabajo, con eso hago, materializo y moldeo, a través de la sencillez desplegada por el otro, y es labor movilizar la inmaterialidad para hacerla presente en un espacio material. Un escenario.

Y no debe confundirse esto con los sueños. Los sueños son más complejos, y nos hemos malacostumbrado a emparentarlos con los deseos, los caprichos o las necesidades más triviales. No trabajo con sueños, pero un escenario es capaz de materializar la estructura de un sueño, y revelar a través de su escenificación el valor oculto que en el sueño yace, para promover un contacto reflejo con las circunstancias más sencillas de la vida. Tiene el teatro la particularidad de estampar la contra-naturaleza en la que vivimos desde que fuimos dominados por primera vez, y vivimos intentando adaptarnos a algo que no nos pertenece, y ahí está el teatro para recordarnos que podemos ser más sencillos de lo que somos, y vivir mejor y ser más felices.

A veces me pregunto si para hacer lo que hago necesito un título mayor al que tengo; y si este titulo realmente me ayudará a proveerme lo que en este momento considero esencial: hacer lo que me gusta. Ojalá esto pueda ser entendido por los que me escuchan en este momento, solo puedo decir, sin que realmente me quede nada por dentro, con mucho orgullo que <<yo hago lo que me gusta>>.

Y esto no debe confundirse, ni mal interpretarse con el hacer “lo que me da la gana”, pues aunque en mi fuero interno mantengo aún encendida la llama del niño que fui y que soy, también he trabajado por controlar lo que es propio de ese niño: el capricho o el deseo de las cosas que no le son necesarias. Porque cuando pienso en hacer lo que me gusta, en relación con darle libertad al niño que hay en mi, me gusta pensar en la filosofía del Tao que promueve la acción espontanea del niño que juega por jugar, o del aire que corre por correr; porque le es propio y necesario desde un sentido esencial, más no caprichoso.

Además, ese niño tiene un compromiso con el juego, de la misma forma como el viento tiene un compromiso con las hojas de los árboles que mueve, o como el compromiso que tiene un actor sobre el escenario. Hay en el teatro, como en la vida, un compromiso por hacer prevalecer lo natural, lo espontaneo, lo necesario.

Hoy día, me gustan muchas cosas. Por ejemplo, me gustan las ideas, pero, aunque me gustan las ideas, también creo, como decía el maestro Cruz-Diez: que las ideas son capaces de destruir, que envenenan, así que me gustan las ideas, pero no aprisionarme a ellas. Pueden ser peligrosas las ideas, y una vez más el teatro es capaz de correr el velo para advertirnos sobre esos peligros.

Para un fotógrafo de estudio, un cuarto absolutamente ausente de luz, es una oportunidad única de dirigir la luz. Me gusta dirigir la luz, me gusta dirigirla sobre los actores, sobre los objetos, y sobre las personas que no son actores. Hay algo poético en el hecho de dirigir la luz, sobretodo porqué humanamente es algo imposible en la realidad. A veces pienso que hago teatro con la necesidad de dirigir luz sobre los rincones más oscuros que habitan sobre un escenario, solo así soy capaz de entender que todo proceso doloroso simplemente está esperando el momento idóneo para comenzar a sanar. Si algo tiene de poderoso el teatro es que es capaz de mostrar una herida abierta para el horror de sus testigos, e inmediatamente compadecer al espíritu mostrando la forma como una herida progresivamente va cerrando hasta sanar.

El teatro resguarda el misterio de lo humano, está ahí para recordarnos que antaño, en el pasado, en una memoria tan lejana que se pierde en los tiempos de la noche, los primeros seres se comunicaban bajo el manto del fuego. La ceremonia del fuego es una tradición que fluye por nuestras venas, que nos pertenece, que nos convoca a unirnos, a prestarnos atención, a respetarnos, a pensar en lo esencial y en la belleza de estar en comunión, bajo la premisa, sencilla, pero poderosa, de estar y de sentirnos juntos.

Si alguna vez en mi vida me sentí solo, el teatro despertó en mi ese recuerdo somnoliento en el que un hombre danzaba junto a una mujer bajo la luz del fuego, y desperté y más nunca volví a esa soledad. El teatro une, la soledad distancia, el teatro abriga, la soledad causa escalofríos, el teatro potencia la creatividad, la soledad germina ideas que envenenan por no poder ser expresadas.

            A veces cuando observo la llama viva del fuego pienso en su complejidad, y me pierdo en mis pensamientos, y agradezco por estar ahí, sin entender, simplemente estando, sencillamente respirándolo.

INTERVENCIÓN: PASIÓN PAÍS 2020 ¿Qué hago?  ¿Cómo lo hago? ¿Para qué lo hago?

Un comentario

  1. Me llena de alegría ver tantos venezolanos disfrutando su país , no dejando que le quiten el sol y los colores de nuestro país, haciendo desde sus saberes lo mejor por Venezuela . Felicidades por esa pasión

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