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Una boda para ganar puntos

La monarquía británica cuidó cada detalle de la boda de Beatriz de York para no levantar críticas en tiempos de susceptibilidades a flor de piel

Mayte Navarro

La boda de la princesa Beatriz de  York y de Edoardo Mapelli Mozzi podría catalogarse de innovadora, pues si bien fue sin boato ni cientos de invitados conservó el concepto de un matrimonio de la realeza. Para confirmarlo, allí estaba la reina Isabel II, quien no asiste a todas las bodas de su familia, y además estuvo como personaje central, pues los padres de los contrayentes no figuraron.

El detalle del vestido, un modelo vintage que en su pasado no tuvo ninguna relación con un momento nupcial, fue el elegido para que sirviera de traje de novia para su nieta Beatriz. Si bien esta decisión puede tener como lectura que la Corona no quería derrochar en esta ocasión pues los británicos, como el resto de los ciudadanos del mundo no pasan por su mejor año, también ratifica que la novia es una verdadera princesa, aunque la reputación del padre, el Príncipe Andrés, en este momento esté por los suelos, debido a sus vínculos con el caso Epstein. Esta situación también llevó a que no apareciera en ninguna fotografía y así impedir cualquier comentario que amargara ese día a Beatriz y a Edo, como llaman en la intimidad al ya hoy flamante esposo de una miembro de la familia real británica.

Los asesores de la casa real británica bordaron cual filigrana los detalles, que Isabel II debe haber orientado y escuchado. No se quería herir a la gente con una celebración extraordinaria pero se resaltaron los sentimientos familiares y cercanos a través de la intimidad. Pero tampoco la Reina  quería para su nieta, la hija mayor de Andrés, una celebración sin importancia o una boda de segunda categoría.

Por eso le prestó el vestido, lo que destaca el origen noble de la novia, pues si bien no es un estreno, marca la relación estrecha entre la abuela y su nieta, además ninguna de sus descendientes ha utilizado algunos de sus vestidos. Y para subrayar lo dicho anteriormente, como tocado lució la misma tiara que ella llevó el día de su boda con el príncipe Felipe, una de las joyas que Isabel II más aprecia, la diadema de la Reina María. Una alhaja con historia pues fue ordenada por la reina Victoria. Antes de ser una corona estos brillantes formaron parte de un collar. Es estilo Kokoshnik, muy admirado en los siglos XVIII y XIX y de manera especial en la familia imperial Romanov. La tiara Queen Mary Fringe la usó también la princesa Ana, el día de su boda en 1973 y la seleccionó la Reina Isabel II para lucirla en el retrato del Jubileo de Diamante en 2011, en una foto que se destinó a Nueva Zelanda.

La selección del templo tampoco fue accidental. La Real Capilla de Todos los Santos tiene una importancia especial para  Beatriz pues ella transcurrió su infancia cerca y  está considerado como lugar de culto para la familia real y de manera especial para Isabel II, a quien le encanta por ese aire íntimo que posee. La  Capilla de la Reina Victoria, como también se le conoce, se encuentra en los terrenos de la Royal Lodge y funge de parroquia para los trabajadores y quienes viven en el Windsor Great Park.  Se inauguró en 1825. Los duques de York, padres de la actual monarca asistieron a muchos actos en esta capilla, hasta que se convirtieron en reyes. Cuando la Reina madre murió, su cuerpo permaneció frente al altar mayor hasta que lo trasladaron a Londres

Según un experto en lenguaje corporal que analizó los movimientos de Beatriz y Edo Mapelli Mozzi el día de su matrimonio, señala que ambos se mostraron auténticos en ese momento, viviendo su amor y es que la boda al no tener ese carácter de espectáculo les permitió reflejar  sus genuinos sentimientos, sin sufrir la presión que generan cientos de cámaras y el mismo protocolo real que se hace presente en una gran ceremonia nupcial. Es decir no hubo necesidad de ensayos ni de actuación.

En cuanto a los contribuyentes, esta vez no tendrán nada que reclamar pues para ellos no ha significado ningún gasto, aunque tampoco el erario público recibirá beneficios pues no mandaron  a hacer souvenirs, pero esto no sólo se vinculaba a que la novia no es tan popular, sino que en tiempos de pandemias y de recortes en los presupuestos se hubiesen quedado fríos, pues con pocos turistas y los coleccionistas fanáticos por estos detalles limitando sus gastos tampoco hubiese representado ganancias.

Beatriz ha estado sometida a una presión extraordinaria no solo por el aplazamiento de la boda sino por la situación de su padre. Las declaraciones que el príncipe Andrés concedió a la BBC de Londres y que generaron tanta polémica pública infringieron  en su hija mayor una gran tristeza. Una boda que pasará a la historia por ser la primera de  una princesa occidental en estos tiempos de pandemia.

En cuanto a los invitados se calcula que no hayan superado la treintena que es el  número autorizado para una celebración de este tipo, quienes se reunieron después de salir  de en la capilla de Todos los Santos en los jardines contiguos de Windsor Great Park, muy cerca del castillo. El comunicado de palacio señalaba: «La boda se llevó a cabo de acuerdo con todas las directrices gubernamentales pertinentes».

Previo al anuncio del compromiso,  Beatriz solicitó de la Reina Isabel el permiso para contraer matrimonio, como lo han hecho todos los miembros de la familia real desde 1772.

El viaje de bodas también se ha querido conservar en secreto. Muchos apuestan a que irán a Italia e incluso hay un rumor sobre donde vivirá la pareja  de recién casados. Algunos cercanos se arriesgan a afirmar que se radicarán en Italia. ¿Será que Beatriz quiere seguir los pasos de su primo Harry?  Eso está por verse.

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