opinión

El nuevo hombre del país porvenir.

Por José Antonio Perrella

Miguel y Juan son ambos analistas en nuestra organización, una empresa de servicios profesionales. Tienen 24 y 26 años respectivamente, ambos son vecinos en una barriada intensa del este de la ciudad. Se graduaron de contaduría pública en distintas universidades y decidieron, como la mayoría absoluta de la gente de su barrio, progresar, trabajar y darse el chance de tener una mejor vida. Ellos lograron estudiar, obtuvieron un grado universitario y ambos entraron a una prestigiosa empresa que les ofrece respeto, formación, esperanza y una remuneración digna.

Llegó la pandemia. Ellos no la ven de cerca, no conocen a nadie que padezca de la mortal enfermedad, quizás porque simplemente no han detectado a los miles de infectados que, en teoría, debía ya haber en su vecindad, o quizás porque en verdad no los hay. Basados en las informaciones de los poderosos, también en Venezuela hay pandemia y en consecuencia, la empresa para la que ellos trabajan entró en cuarentena, así como la ley lo obliga, y los clientes de esa empresa, en su mayoría, también.

Los dos jóvenes ven como la reciente mejora notable que empezaban a disfrutar en sus vidas, y en la de mucha gente del barrio, se volvió a esfumar. Sus vecinos los mecánicos, los electricistas y plomeros, las amigas de sus mamás que son peluqueras y manicuristas, todos estaban mejor, sus clientes les pagaban en divisas y se veía en el barrio mayor bienestar, más tranquilidad. Así ellos, su sueldo de principiantes, con un buen componente en divisa, les ayudó a colaborar de mejor manera a la economía de su hogar, y hasta les permitió darse algunos gustos. Pero eso se acabó, otra vez el barrio está gris, y las risas amplificadas de las vecinas peluqueras, ya no se escuchan.

Miguel y Juan se conocieron en la oficina, y descubrieron que viven bastante cerca. La empresa tiene que seguir atendiendo a sus clientes, a todos, incluso a los que no están trabajando porque las leyes y los impuestos no saben de pandemia y menos de cuarentena. Miguel y Juan decidieron bien, decidieron ser responsables, luchar contra la adversidad que ahoga al país, esa en la que ellos nacieron y de la que jamás han salido. Todas las mañanas caminan una hora, juntos, hasta la estación del metro. Y luego de unas pocas paradas transcurridas en un vagón maltrecho y lleno de gente con tapabocas artesanales, se bajan y caminan media hora más para llegar a la oficina que, sin embargo, está abierta para quienes quieran o necesiten ir. Y allí, en los escritorios de ese confortable, moderno y seguro espacio, ellos trabajan, cumplen con su deber y atienden a sus clientes.

El teletrabajo, opción abrazada por el 90% de sus compañeros, es una opción secundaria para Miguel y Juan. Ellos prefieren salir y siempre que las condiciones del barrio lo permitan, van a la oficina, hacen su trabajo, y cumplen con su responsabilidad a cabalidad.

Michele es supervisor de nuestra organización. Es el jefe directo de Juan y Miguel y de ocho analistas más. Michele vive cerca del barrio de donde vienen esos dos analistas, pero del otro lado de la autopista, donde hay calles, edificios, parques y se respira un poco más la comodidad. Él supervisa de cerca a su equipo, habla con los ocho miembros todos los días, no solo por temas el trabajo, él les escucha, les aconseja, les da indicaciones, y ante todo Michele les da motivación. Él es un joven profesional de escasos 30 años de edad que recién inicia una vida matrimonial llena de ilusiones, ama a su profesión y a la empresa que le dio la oportunidad de formarse y crecer. Su mujer trabaja también, en el negocio de su familia, ambos decidieron seguir adelante en Venezuela, contra las adversidades, las frustraciones, las carencias, apegados a la Fe de que las cosas mejorarán.

Michele trabaja desde su casa, al inicio iba a la oficina cada tanto, pero ya no puede, su tanque de gasolina esta en menos de un cuarto, se debe reservar solo para una emergencia, porque en este país extraño, gasolina ya no hay. El teletrabajo es su nueva realidad, él llena su día de actividades y Michele logra que su equipo trabaje de manera coordinada, motivada, eficiente y paciente, todos enfrentando la inestabilidad de sus accesos a internet, los apagones constantes, la falta de agua en sus casas, la incertidumbre de los efectos del virus, y, ante todo, se enfrentan a la ya patológica expectativa de lo que pasará en lo que nos queda de país.

Los clientes asignados a Michele están atendidos, y además con puntualidad y calidad. Él decidió cumplir su responsabilidad a cabalidad.

Marta es Gerente en nuestra organización. Tiene a cargo a Michele, a dos supervisores más y a 24 analistas en total. Bajo su responsabilidad está la atención de un centenar de clientes. Muchos de ellos están parados, pero igual, hay cumplimientos semanales y quincenales que deben ser atendidos. Otros varios trabajan con más intensidad que nunca, son sectores que deben trabajar pues son fundamentales para alimentar y medicar a la población, a esos clientes hay que atenderlos diariamente con todas sus necesidades. La Pandemia, y todas las adversidades deben ser superadas, se debe cumplir con el deber, a los clientes hay que atenderlos, ¡ahora más que nunca!

Marta vive en el otro extremo de la ciudad. En un piso 10. Durante la semana le falta la energía eléctrica un promedio de 36 horas, hay veces que los cortes duran en un solo tirón 17 horas. Hace 12 días que no reciben agua. La inventiva del emprendedor venezolano logra llenarle los tanques internos que tiene en el apartamento a través de unas potentes bombas que llenan unas larguísimas mangueras que alcanzan todos los pisos de la torre. Vive con su esposo y tres hijos menores de 10 años, sin salir de su apartamento cuyo confort desaparece cuando están sin luz, o sin agua, y aterrados por contaminarse con un virus que el poderoso dice que está por allí, pero que tampoco ellos han visto aún.  Aun así, Marta decidió que nada podrá con su sentido de responsabilidad. ¡Nada! Ella llama a sus clientes de manera regular, los escucha, los atiende y les hace saber que toda su organización está allí, inmutables, listos para ellos. Marta está en constante contacto con sus supervisores y con varios analistas, les imprime dirección, les atiende en sus dudas, pero ante todo les das foco y visión. Ella trabaja con empeño, con calidad, con entusiasmo. Marta, como todos en nuestro país, no la tiene fácil, pero ella decidió cumplir con su responsabilidad.

Los protagonistas der éste relato, junto al resto de las personas que con ellos trabajan, son muestra viva de una organización que decidió, una vez más, enfrentar la adversidad y luchar contra esta pandemia que enmascara una crisis mucho mayor, la de un estado fallido. Ya no se sabe que es lo que hará falta para detener a esta empresa de valientes, a sus clientes que siguen adelante y a miles de empresas venezolanas que están allí, dándoles alivio con sus productos y servicios a los venezolanos que decidimos seguir acá, empresas que reinventándose a diario, repensándose, buscan siempre la menara de seguir adelante siendo el mejor lugar posible para sus trabajadores, haciendo de su trabajo un ejemplo de resistencia, de persistencia, de logro y de esperanza para ese país que tanto les necesita.

Ya no se sabe que es lo que detendrá a las mujeres y hombres que luchan por seguir adelante, que han decidido, como nuestros compañeros, asumir su responsabilidad a pesar de todo, y aún más teniendo no uno, sino variados motivos de fuerza para rendirse y esperar por el sueldo en casa, lamentándose de las carencias e inmersos en una espiral de desesperanza.

Todos los venezolanos de bien, que somos muchos, muchísimos, que somos la mayoría absoluta de los que habitamos en este país, nos convertimos en heroínas y héroes forjando nuestra fortaleza con el cumplimiento de nuestras responsabilidades no importando tantas adversidades impensables que enfrentamos. Los venezolanos estamos impulsados por una fuerza sobrenatural, divina y Santa que nos impregna de la fortaleza que nos da la Fe, y con ella intacta, la esperanza sustentada, de saber que nos espera un mejor país.

Y ellos, Juan, Miguel, Michele y Marta, junto a sus compañeros de labores y tantos venezolanos, son el digno ejemplo del nuevo venezolano, aquel nuevo hombre del país porvenir que ha incorporado a su vida la fortaleza y la capacidad necesaria para convertir a nuestra Venezuela en el soñado país porvenir.

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