opinión

CUANDO TODOS LOS DÍAS SON IGUALES

Mayte Navarro

En esta larga cuarentena se ha explotado el miedo en todas sus facetas, miedo a contaminarse, miedo a morir, miedo a expresarse, miedo a salir a la calle. La generosidad se ha manifestado, pero algunas veces pienso que se ha puesto en evidencia de una manera frívola y sin alma. Durante esta larguísima cuarentena siento que me han robado parte de mi vida.

En Venezuela mi país, los enfermos no tienen rostro. Todo se reduce a una simple estadística donde predominan solo dos datos, sexo y edad.  Tantos masculinos y tantas femeninas, de tantos años. Tantos muertos, tantos infectados y tantos recuperados. Pero no sabemos sus historias, sus angustias, como superan la enfermedad, que pensaron cuando el diagnóstico dio positivo. Ver sus rostros recuperados y libres del coronavirus tampoco ha sido posible. Un escalofrío me entra en el cuerpo cuando veo que la identidad también se pierde.

El erizado virus vino a arrebatarnos la libertad y los afectos en momentos en que más se necesitan. Quienes murieron y mueren en los hospitales han tenido la atención médica, que no dudo ha sido una lucha frontal con la muerte, pero han estado solos. Ni los hijos, ni el marido, ni un hermano y tampoco un amigo ha podido estrechar esa mano casi inerte y sin fuerzas que se iba poniendo rígida porque el oxígeno ya no corría por las venas.

Pero el virus chino también se ha confabulado con humanos autoritarios y maniqueos que aprovechan la oportunidad para ejercer su deporte favorito: oprimir,  y lo hacen disfrazando denproyección esa degradante acción  opresora. Limitar libertades es la orden del día. No preguntes, no escribas, no salgas, no comentes.

Los horarios se imponen para que podamos pasear. Limitan las distancias. ¿Será para que no te sientas libre? Los abuelos no pueden sacar a sus nietos porque para “proteger” a los ancianos hay que aislarlos. Se les roba su capacidad de independencia en esos últimos años cuando todavía piensan, razonan y actúan.

Y oímos: No se les venderá a los mayores de 65  años. ¿Y es que un hombre o mujer de esa edad no son productivos?. Sería bueno que tanto líder de utilería viera cuantos de esos ancianos escriben libros exitosos, otros están encerrados en sus laboratorios buscando un milagro en sus fórmulas para dar vida, no falta quien se suba a un escenario para mostrar su arte o pase horas frente a un caballete para regalarnos una pintura.

La soledad impera, el poder para anular mentes y voces se hace sentir. El futuro es la gran incógnita. La monotonía nos roba la vida y la costumbre hace que no haya ilusiones y todo sea igual. Como decías Thomas Mann en La Montaña Mágica: “Cuando los días son semejantes entre sí, no constituyen más que un solo día, y con una uniformidad perfecta, la vida más larga sería vivida como muy breve y pasaría en un momento. La costumbre es una somnolencia o, al menos, un debilitamiento de la conciencia del tiempo”.|

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s